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La soledad del poder

La soledad del poder


No escuchaba a casi nadie, solo a los bufones del palacio.
Nada más escuchaba a los que le contestaban: –Sí, señor. Como Usted diga-.
-Es la hora que usted ordene, señor- decían ya no en broma sino muy en serio los del círculo cercano al gobernante, acostumbrados a comportarse de manera servil ante los deseos del poderoso señor.
Pero la realidad era otra.
Nada sabían del esfuerzo titánico que tenían que realizar los hombres del pueblo para rentarse de sol a sol para que, al final del día, fueran recompensados con unas cuantas monedas a cambio de dejar la vida en su trabajo.
No se enteraban de que los hijos de los trabajadores no tenían más futuro que seguir como parias en su tierra, sin posibilidad de estudiar y sin ofertas de trabajo donde desarrollarse. No querían ver que esos jóvenes eran los que desde los 12 años estaban siendo reclutados por quienes se dedicaban a los negocios más turbios y de los cuales una vez adentro, era imposible salirse.
Cerraban los ojos ante los miles de paisanos que estaban abandonando la patria debido a la insostenible situación de violencia que permeaba por todos sus rincones.
Fingían no darse cuenta del enorme saqueo que al amparo del poder, unas cuantas mafias enquistadas en el gobierno, realizaban en detrimento de la mayoría de la población.
Se desentendían de la enorme cantidad de paisanos que estaban siendo amenazados por la hambruna, y que padecían desde hacía muchos años serios problemas de pobreza y desnutrición crónicas.

No querían voltear a ver la lamentable situación del sistema educativo, en el que era cada vez más difícil que una persona terminara sus estudios hasta la universidad y eran cada vez más los escolapios que abandonaban la escuela.
Jamás se preocuparon porque un reducido grupo de mercenarios al amparo del poder entregaron a las potencias extranjeras petróleo, tierras y riquezas naturales que en un tiempo habían sido propiedad de todos.
No se ocuparon de enseñar a pescar a los pobres de esta tierra: los acostumbraron a llevarles unas cuantas monedas y la despensa, sobre todo en épocas de elecciones.
No querían ver que la descomposición que se vivía a lo largo y ancho del territorio nacional era también, y por mucho, culpa de ellos.
No se quitaban la venda de los ojos y creían que con más armas y más cárceles se resolverían todos los problemas de la patria.
No querían darse cuenta que ya nuestra tierra, que había sido solo vía de paso para llevar sustancias prohibidas a los vecinos del norte, ahora era tierra fértil para el consumo de aquellas sustancias que envenenaban cada día más a nuestros jóvenes.
Eran nuestros políticos, que vivían encerrados en su torre de marfil, aislados por completo del pueblo y de la realidad.
Eran nuestros gobernantes de todos los niveles. Eran nuestros políticos. Pero el infeliciaje empezaba a cansarse…

Todo esto…
Hace 200 años

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